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"CIA, JOYAS DE FAMILIA" de Eric Frattini. Ed.Martinez Roca. 2.008.


n la mañana del 9 de mayo de 1973, James Schlesinger, director de la CIA decidió firmar una ‘directiva’ que ordenaba la recopilación en un solo informe, de todas aquellas operaciones encubiertas ilegales realizadas por la Central de Inteligencia, tanto dentro como fuera de territorio estadounidense. Sin duda, Schlesinger nombrado por el presidente Nixon, DCI de la CIA, tres meses antes, no sabía que estaba jugando con fuego y que sin duda, muchos iban a ser los que iban a quemarse.

Nada más ocupar su despacho en Langley, comenzaron a llegar rumores al nuevo director sobre la participación de operativos de la CIA en el escándalo Watergate, que se encuentra en ese momento en su punto álgido y en el asalto a la consulta del doctor Lewis Fielding, el psiquiatra de Daniel Ellsberg, el analista del Pentágono responsable de la filtración a los medios de comunicación de los llamados ‘Papeles del Pentágono’.

Ellsberg, junto a otros treinta y cuatro investigadores, había sido elegido por el entonces secretario de Defensa, Robert McNamara, para realizar una completa investigación sobre las relaciones entre Estados Unidos y Vietnam. Ellsberg se ocupó de la etapa de la administración Kennedy. El proyecto fue llevado a cabo en dieciocho meses, pero en 1971 y para protestar por la intervención de su país en el sudeste asiático, Daniel Ellsberg filtró al ‘The New York Times’, los llamados ‘Papeles del Pentágono’, cerca de 3.000 páginas de análisis clasificados más otras 4.000 páginas de documentos vinculados, con clasificación de ‘Alto Secreto’ y ‘Alto Secreto-Sensible’. Un equipo de agentes de la CIA, dirigidos por el famoso Howard Hunt, penetró en la consulta del psiquiatra de Ellsberg para robar su historial médico, con el fin de dañar la reputación del analista.

Tras un largo juicio, el juez rechazó los cargos y absolvió a Ellsberg, cuando fue informado por el fiscal especial del Watergate, que dos consejeros de la Casa Blanca de Nixon, Charles Colson y Jebb Magruder, habían ordenado el asalto. El juez alegó que se habían violado los derechos civiles de un ciudadano estadounidense por parte de un órgano del gobierno con ayuda de oficiales de una agencia de seguridad. Este fue uno de los hechos que llegó a oídos del director Schlesinger para redactar la famosa directiva.

El llamado ‘Memorandum Schlesinger’ estaba formado por cuatro puntos claros, y dirigido a todos los empleados y oficiales de la CIA.

-“Recientemente diversos artículos de prensa han detallado ciertas actividades de la CIA con respecto a Howard Hunt y otras partes. El actual conocimiento de estas historias serán investigadas por el Comité de Asignaciones del Senado. Viendo todo esto, la Agencia se limitará a dar asistencia en respuesta a los requerimientos de los funcionarios (del Senado). La Agencia cooperará con los cuerpos de control de Fuerzas de la Ley, sobre sus actividades pasadas y que continúan realizándose”-.

En el punto 2 del memorando, el DCI Schlesinger era mucho más duro: -“Todos los empleados de la CIA deben comprender mi actitud sobre este tipo de asuntos. Yo tengo entre mis poderes, el proteger las actividades de la CIA, aunque siempre sin desviarse de la estricta interpretación de su carta legislativa. En esta posición, yo estoy determinado a que la ley sea respetada y porque este es el mejor camino para fortalecer la legitimidad y necesarias contribuciones que nosotros en la CIA podemos hacer para la seguridad nacional de los Estados Unidos”-.

En el punto 3, James Schlesinger, dejaba bien claros cuales serían sus objetivos:
-“Yo he tomado acciones severas para implementar este objetivo: Yo he ordenado a todos los oficiales operativos de esta agencia, que me informen a mi de forma inmediata de cualquier actividad que se este llevando ahora a cabo, o que hubiese sido llevada a cabo en el pasado, y que fuera realizada fuera de la carta legislativa de esta Agencia; Yo me he dirigido directamente a cada empleado de la CIA para informarme de cualquier actividad de este tipo y de las que tuviera conocimiento. Yo invito a todos los ex–empleados a hacer lo mismo. De cualquier forma para cualquier información puede llamarse a mi secretaria (extensión 6363) y decir que él desea hablar conmigo sobre “actividades fuera de la carta de la CIA”’-.

Para finalizar su escrito a todos los funcionarios y oficiales de operaciones de la CIA, James Schlesinger terminaba diciendo en el punto 4:
-“Para asegurar que las actividades de la Agencia son correctas en el futuro, yo he decidido promulgar una orden a todos los empleados de la CIA: Cualquier empleado de la CIA que crea recibir instrucciones de cualquiera por inconsistente que parezca y que crea contraria a la carta legislativa de la CIA, deberá informar inmediatamente al Director de la Central de Inteligencia”-.

La delicada misión de recopilación de datos fue encomendada a William Colby, subdirector de operaciones; Scott Breckinridge, subinspector general de la CIA; y al director de Seguridad de la Agencia.

En menos de una semana, la CIA debía recopilar en un amplio informe la lista de operaciones clandestinas y definidas por el propio Schlesinger como: ‘Actividades Altamente Volátiles’. Semanas después, un selecto equipo de analistas y agentes de seguridad de la ‘Compañía’, recopilaban en casi 700 páginas, datos, detalles y cifras de operaciones ‘Altamente Volátiles’, como por ejemplo la llamada Operación CHAOS; el programa ilegal COINTELPRO de espionaje doméstico; el Plan HOUSTON, un proyecto de espionaje doméstico dirigido desde la Casa Blanca por los hombres de Nixon; contactos con los ‘fontaneros’ de la Casa Blanca con ex agentes de la CIA como Howard Hunt; el programa de escuchas y registros ilegales; el programa de apertura no autorizada de correo de ciudadanos estadounidenses; planes de asesinato de líderes políticos de Cuba, el Congo o la República Dominicana; los documentos relativos al uso experimental de drogas alucinógenas para experimentos de lavado de cerebro dentro de la llamada Operación MKULTRA; la interceptación de comunicaciones y vigilancia de prestigiosos periodistas de diversos medios de comunicación de los Estados Unidos y así, hasta 300 operaciones que violaban claramente las carta legislativa de la Agencia Central de Inteligencia.

El propio Breckinridge declararía años después: “Ellos fueron separando los informes en pequeños grupos y a su vez, divididos por directorios separados, incluyendo una sección para el material ‘altamente sensible’. Más tarde, los documentos fueron revisados por el Departamento de Justicia para determinar si aquellas páginas mostraban actos delictivos. Si era así, cada página era numerada correlativamente, se incluían páginas en blanco y se dividían en secciones con anotaciones especiales. Al final el Departamento de Justicia, reportó en 693 páginas, diversos asuntos ilegales. Ninguna acusación fue llevada a cabo por parte del Departamento de Justicia”.

Schlesinger, tenía su informe, pero no sabía que al firmar la directiva aquel 9 de mayo, estaba abriendo la ‘Caja de Pandora’ y que ya no iba a poder cerrarse, una vez que los secretos de la CIA, comenzasen a dispersarse.

El DCI había sido nombrado director de la Central de Inteligencia, el 2 de febrero de 1973 por el presidente Richard Nixon, en pleno escándalo ‘Watergate’. Economista y experto en Energía y Seguridad Nacional, el nuevo director de inteligencia procedía de la Reserva Federal y de la poderosa corporación RAND. El primer contacto de James Schlesinger con la inteligencia sucedería a través de la Oficina de Presupuestos. Allí tendría la misión de reducir y controlar los presupuestos ‘secretos’ de la comunidad de inteligencia, con la tarea expresa de despedir a casi un millar de operativos con más de veinte años de servicio. Los espías estadounidenses harían famosa la expresión: “Mister 20añosyfuera”, al referirse a James Schlesinger.

El DCI deseaba conocer de primera mano las operaciones ‘Altamente Volátiles’ que hubieran podido llevar a cabo los espías de la CIA en nombre de los Estados Unidos. Estas operaciones eran definidas por los altos oficiales de Richard Helms, el anterior DCI, como los ‘esqueletos’; los ‘esqueletos del armario’, o sencillamente como, los ‘testículos de la CIA’.

Richard Nixon en los últimos minutos de su deshonrosa presidencia, había decidido cesar fulminantemente a Richard Helms como director de la CIA. Nixon diría posteriormente en sus memorias que Helms, “no le había ayudado lo suficiente en la cuestión del Watergate”. Schlesinger, resultó ser un candidato de consenso y un DCI de ‘transición’.

El 4 de septiembre de 1973, y tras cesar antes a James Schlesinger, Richard Nixon nombró director de la CIA a William Colby, el mismo hombre que reunió las ‘Joyas de Familia’ cuando era el todopoderoso director de operaciones. Nacido el 4 de enero de 1920, en Sant Paul, Minnesota, Colby hizo carrera en el ejército, intentando ampliar sus estudios en Princeton y West Point. Pero la prestigiosa academia militar decidió rechazarlo como candidato, debido a sus problemas visuales.
Sin desistir en su empeño de unirse a la carrera militar, Colby se alistó en la Reserva del Ejército. En agosto de 1941, cuatro meses antes del ataque japonés a Pearl Harbour, William Colby se alistó voluntario en las fuerzas aerotransportadas, pero durante su segundo salto de entrenamiento, se partió un brazo, obligándole a estar de baja durante un algún tiempo. En marzo de 1943, el teniente Colby recibió un día una visita de un militar que dijo pertenecer a la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS). Minutos después, William Colby se unía voluntario, al que sería el precursor de la CIA.
En 1944, sirvió en la Francia ocupada y un año después, en la Noruega ocupada. Tras el fin de la contienda, William Colby se unió al despacho de abogados de William Donovan, el director de la OSS durante la guerra. En junio de 1950 con el estallido de la Guerra de Corea, Colby se unió a la CIA. Tras un breve paso por las estaciones de Estocolmo y Roma, Colby sería nombrado en 1959, jefe de la importante y activa estación de la CIA en Saigon, en plena actividad clandestina de los espías estadounidenses en Asia.

"SOLDADO DE LA CIA de Robert Baer. Ed. Booket. 2.006



Robert Baer, a quien se ha calificado como el Indiana Jones de la CIA, ha sido agente durante veintiún años y ha realizado operaciones clandestinas en Iraq, Afganistán, Líbano y Sudán, arriesgando con frecuencia su vida. Disconforme con la evolución actual de la Agencia, la abandonó en 1997 y decidió contar su vida como agente para denunciar la decadencia de una institución que es hoy incapaz de enfrentarse al terrorismo.

Esta es la primera vez que un agente importante de la CIA nos cuenta la realidad de su trabajo cotidiano de corrupción y contraterrorismo en el marco convulso de Oriente Próximo. Su relato se lee como una novela de espionaje, pero tiene, por otra parte, el interés de descubrirnos cómo ha actuado la CIA en los últimos veinticinco años, y de mostrarnos las limitaciones y la incompetencia de uno de los instrumentos esenciales con los que Estados Unidos ha pretendido gobernar el mundo.

"LA HISTORIA SECRETA DE LA CIA" de Joseph J. Trento Ed, Peninsula. 2.003

“Kennedy había decidido abandonar el espionaje encubierto a favor de la inteligencia electrónica, la única que había proporcionado verdaderos resultados”

La CIA no ganó la guerra fría. De hecho hizo muchísimo porque Occidente la perdiese. Ese es el juicio devastador del autor. Y es un juicio apoyado en una investigación basada en las entrevistas a diversos miembros de la CIA, destacando por encima de todos James Jesus Angleton, Mother, el brujo negro del contraespionaje americano.

La CIA, la anglófila CIA, fue ante todo un deseo de Allen Dulles, un mujeriego fantasioso. Igual que su célebre hermano, la vida de abogado en Nueva York le resultaba insoportablemente aburrida. Quería aventura, quería mujeres y quería poder. Y una agencia estatal de espionaje se la podía proporcionar. Que no tuviese la más mínima capacidad para dirigirla, o la más simple idea de cómo reclutar personal que pudiese hacer el trabajo que se esperaba de ellos, no le importaba. Mujeres, viajes y misterio. Eso es lo único que quería Allen Dulles. Para organizar su nuevo reino no dudó en recurrir a un profesional en la materia: Kim Philby.

Dulles creó una dinastía de “espias” semejante a él. Personajes solo interesados en la buena vida, en la fácil existencia en países baratos donde era sencillo conseguir amantes jóvenes y alcohol a precio de saldo. Para justificar su estilo de vida se “producía” información por el simple método de comprársela a cualquiera que estuviese dispuesto a venderla…Normalmente agentes del KGB.

Durante toda la guerra fría el KGB manipuló e infiltró a la CIA siempre que le vino en gana, y la CIA mantuvo virtualmente ciegos a los presidentes de EEUU siempre que se la necesitó. Una y otra vez la CIA se equivocaba, pero sus contactos de alto nivel, y la nube de mentiras que difundía sobre su importancia le permitían salvarse. Y eso a pesar de que los medios electrónicos de espionaje, como el programa VENONA, producían un material de alta calidad que la CIA no podía ni soñar con conseguir.

El libro es audaz y atrevido. Acusa incluso a la cúpula soviética de haber ordenado el asesinato de JFK, que fue una operación entre miembros del politburó opuestos a Kruschev y los servicios de inteligencia cubanos, con la que se privaba al líder comunista de su principal aliado y se enviaba un mensaje a Castro de total apoyo a su régimen.

Se trata, no hay que olvidarlo, de la versión de la historia oficial por parte de exagentes de la CIA, que fueron expulsados normalmente en situaciones poco claras. Aún así los juicios del autor están bien asentados en datos, y muchos son de una dolorosa evidencia: Como que la CIA apoyó activamente a los grandes traficantes del triangulo de oro y que fue incapaz de proporcionar a las tropas en Vietnam informaciones de interés. Su incompetencia alcanzó el límite más desastroso durante la ofensiva Tet, que la CIA no se había cansado de afirmar que era imposible, y que incluso en el caso de producirse, jamás podría afectar a Saigón.

Solo la KGB sale bien parada en este libro. Una organización profesional, eficiente y despiadada, cuyos miembros solo actuaban con un objetivo: El éxito.

No deja de resultar curioso que la imagen que las novelas de espías occidentales suelen dar de los agentes soviéticos sea en realidad la de los agentes de la CIA: Individuos solo preocupados por la comodidad material, sin auténticos ideales, que engañan y sobornan a otros , y que camuflan su incompetencia, incluso bordeando la traición, para poder seguir disfrutando de sus privilegios.

Teniendo en cuenta los recientes “éxitos” de la CIA en la lucha contra el terror, me temo que tenga que darle un voto de confianza al autor.

"LAS GUERRAS SECRETAS DE LA CIA" de Bob Woodward

En esta obra se analiza, uno de los periodos más oscuros y controvertidos de la historia de la agencia; el tiempo que estuvo dirigida por William Casey , esto es, desde 1981 hasta su muerte en 1987 a pocos días de tener que declarar ante la Comisión Tower encargada de investigar los entresijos del caso ‘Irangate’. El autor recoge detalles poco conocidos sobre algunos de los acontecimientos más destacados que marcaron aquellos años: el atentado contra Reagan a la salida del Hotel Hilton de Washington o la incapacidad de los servicios de inteligencia para prevenir el asesinato de Sadat en Egipto y evitar el arresto de cinco mil activistas del sindicato ‘Solidaridad’ en Polonia.

EL EXPEDIENTE EINSTEIN" de Fred Jerome. Ed. Planeta. 2.002



lbert Einstein fue un gran científico. Miembro de un exclusivo club del que forman parte muy pocos: Newton, sin duda, seguramente también Darwin... Sin embargo, y a pesar de que los nombres de esos colegas suyos en la grandeza desafían el paso del tiempo, hay algo especial en el caso de Einstein, algo que le hace más próximo, más admirado, más "popular". Es posible, por supuesto, que ello se deba a la cercanía temporal, pero yo pienso que hay más: que reconocemos en él a un científico, a un grandísimo científico, al que nada de lo humano le fue ajeno; que aunque se pueda y deba decir que su obra y la historia de la física del siglo XX tienen mucho que ver, no es menos correcto añadir que su vida fue un espléndido espejo del siglo XX, de todo el siglo XX y no sólo del científico.


El expediente Einstein constituye una magnífica prueba de lo que estoy diciendo. Se trata de un libro basado en el voluminoso expediente (unas mil quinientas páginas) que el FBI (Federal Bureau of Investigation) estadounidense reunió desde 1932 -antes, por consiguiente, de que Einstein se instalara definitivamente en Estados Unidos- hasta su muerte, acaecida en 1955. Aquel primer documento es un denso escrito de una Corporación de Mujeres Patrióticas, que se dirigió al Departamento de Estado solicitando que le fuese denegada la entrada en el país al físico germano, que iba a pasar un semestre en Princeton. Para aquel grupo, Einstein era el "líder del nuevo pacifismo militante". "Ni el propio Stalin", señalaban, "pertenece a tantos grupos internacionales anarco-comunistas dedicados a promover esa condición preliminar de la revolución mundial y la anarquía completa".

Sin embargo, en realidad
Einstein es una excusa de la que se sirve el autor de este libro, el periodista Fred Jerome, para reconstruir desde una perspectiva diferente a la habitual una época especialmente siniestra de la historia de Estados Unidos: aquélla en la que sobresalieron personajes como Edgar Hoover, el todopoderoso director del FBI, junto a Einstein el otro gran protagonista de esta obra, o el senador por Wisconsin, Joseph McCarthy; y comités como el dedicado a investigar las actividades antiamericanas, entre las que, por cierto, no se encontraba una de las que combatió Einstein, el linchamiento de afroamericanos, sólo, o básicamente, cualquier cosa que sonase a "comunista".

Al mismo tiempo que reconstruye esa triste historia, acaso no tan lejana o extraña hoy día como muchos desearíamos, una historia, la de los comienzos de la guerra fría y la era atómica, dominada por atributos tan poco deseables como la brutalidad, zafiedad, ignorancia, racismo, antisemitismo y el anticomunismo más feroz, Jerome enriquece nuestro conocimiento de la biografía de Einstein, el supremo objetivo de los desvelos de Hoover, y su gran fracaso: tras coleccionar cantidades ingentes de pruebas para demostrar lo que Einstein habría contado con facilidad a cualquiera: que había apoyado a un gran número de organizaciones radicales, Hoover se dio cuenta de que no podía utilizar públicamente esa información. Sin algo más sustancioso, Einstein era simplemente demasiado popular y no se avergonzaba de sus principios; más aún, jugó con habilidad sus cartas, mostrándose como un astuto estratega político.

El expediente Einstein es, en definitiva, un excelente libro, que enseña cosas interesantes del pasado, cosas que nos pueden servir para enfrentarnos mejor con el presente y encauzar con mayor sabiduría el futuro; un libro, por consiguiente, que cumple con uno de los objetivos básicos de la historia. Pero como con frecuencia ocurre, también es la cresta de un inmenso iceberg que espera su Fred Jerome. Hoy cualquiera puede averiguar a través de los medios que pone a nuestra disposición Internet que el Expediente Einstein es uno entre cientos más, entre los que se encuentran los dedicados a, por ejemplo, personas tan destacadas como Bertolt Brecht, William Faulkner, John F. Kennedy, Thomas Mann, George Orwell, Pablo Picasso, Eleanor Roosevelt o John Steinbeck.

"KLAUS FUCHS, EL ESPIA ATOMICO" de R. Chadwell Williams. Ed. Labor. 1990


Perseguido por el régimen nazi debido a su filiación política, Fuchs se exilió en Gran Bretaña y le concedieron la nacionalidad británica, fue reclutado primero por los ingleses y después por los norteamericanos para trabajar en sus correspondientes proyectos de armas nucleares. Fuchs pasó a la Unión Soviética toda la información confidencial sobre armamento nuclear. Mantuvo una doble vida de agente secreto, llena de citas a ciegas y encuentros furtivos, digna de la mejor novela del género.

"INVITACION A UNA ENCUESTA" de Walter y Miriam Schneir. Editorial de Ciencias Sociales,, 1.985.


Ethel Greenglass Rosenberg (Nueva York, 28 de septiembre de 1915 - 19 de junio de 1953) y Julius Rosenberg (Nueva York, 12 de mayo de 1918 - 19 de junio de 1953) fue un matrimonio de Estados Unidos de América ejecutados en la silla eléctrica acusados de espionaje. Fue la primera ejecución por espionaje de civiles en la historia de Estados Unidos

Nacidos en el seno de familia judía, Julius Rosenberg era ingeniero eléctrico, mientras su esposa Ethel era aspirante a actriz y cantante. Ambos formaron parte de la Young Communist League, las juventudes del Partido Comunista de los Estados Unidos.

El origen del juicio y ejecución de este matrimonio hay que buscarlo en las filtraciones de secretos nucleares acontecidas tanto en el centro de investigación nuclear de Los Álamos como en la Universidad de Berkeley, donde existía un importante sector simpatizante de la izquierda, especialmente entre los científicos. Un antiguo maquinista del centro super-secreto de Los Álamos, el sargento David Greenglass, hermano de Ethel, confesó haber pasado secretos a los rusos y acusó asimismo a su hermana y al esposo de ésta, confesión que condujo directamente hacia el matrimonio Rosenberg, que fue detenido, acusado y juzgado por espionaje.

Aún hoy, se considera que el juicio a que ambos se vieron sometidos distó mucho de haber sido justo. Ciertas o no las acusaciones de espionaje, ambos fueron ejecutados en virtud de la Ley de Espionaje de 1917, que dictaba pena de muerte para este tipo de delitos en tiempo de guerra, si bien en el momento de haberse cometido el supuesto espionaje, Estados Unidos no estaba en guerra con la Unión Soviética. Al comparar este caso con otros de la misma índole, resueltos con penas mucho más leves a pesar de existir pruebas más concluyentes, como el caso de Klaus Fuchs, condenado a 14 años de prisión tras haber espiado a los Estados Unidos en favor de la Unión Soviética, se observa un mayor agravio, impulsado por el ambiente anti-comunista y el miedo imperante en la sociedad estadounidense a un inminente enfrentamiento con la Unión Soviética lo que habría originado el «Mccarthismo». Hay que considerar que en esa época se vivía la Guerra de Corea (25 de junio de 1950 al 27 de julio de 1953). Este era un conflicto entre Corea del Norte (comunista) y Corea del Sur (capitalista), pero a la vez era una guerra no oficial entre Estados Unidos y la Unión Soviética, conocida como Guerra Fría. Es por ello que, en el juicio, se acusó al matrimonio Rosenberg de haber revelado los secretos de la bomba atómica a los soviéticos, dando lugar supuestamente al equilibrio nuclear con los soviéticos y se les hizo responsables de las numerosas bajas estadounidenses durante la Guerra de Corea.

Ambos fueron finalmente ejecutados en la silla eléctrica el 19 de junio de 1953, y, de acuerdo con las crónicas del caso, aunque Julius murió a la primera descarga, su esposa Ethel, a pesar de ser una mujer más pequeña y supuestamente frágil, resistió hasta tres descargas eléctricas antes de fallecer, hecho del que se responsabilizó al diseño de la silla, construida para una persona de mayor envergadura y cuyos electrodos al parecer no se ajustaban «adecuadamente» al cuerpo de la mujer.

Años después, en 1966, David Greenglass, hermano de Ethel, quien pasó 10 años en prisión y que había sido sentenciado a solo 15 años de condena por su confesión y colaboración, manifestó haber acusado falsamente a su hermana y cuñado bajo las amenazas del FBI. En las memorias de Nikita Khrushchev, publicadas póstumamente en 1990, el ex primer ministro soviético alaba al matrimonio Rosenberg por su "muy significativa ayuda en acelerar la producción de nuestra bomba atómica", pero los analistas creen que la validez de su aporte no pudo ser tan importante. En 1995, luego de finalizada la Guerra Fría, diversas investigaciones del FBI y de los servicios de inteligencia norteamericanos, integradas en el «Proyecto Venona», parecen haber encontrado evidencias de que Julius Rosenberg trabajaba para los servicios de espionaje soviéticos, pero no así su esposa Ethel.

"EL TELEGRAMA ZIMMERMANN" de Barbara W. Tuchman. Ed. La Magrana 2.010


En enero de 1917 la Primera Guerra Mundial estaba en un trágico punto muerto. Los ingleses sabían que Europa sólo se salvaría si los Estados Unidos intervenían. Pero el presidente Wilson se aferraba a su neutralidad y a sus esfuerzos por mediar en la negociación de la paz. Y entonces, de pronto, el instrumento para empujar a los norteamericanos a entrar en la guerra llegó a una tranquila oficina inglesa. Uno de los miles de mensajes interceptados por el equipo de descodificadores británico era un telegrama en clave de Arthur Zimmermann, secretario de Asuntos Exteriores alemán. Un documento de alto secreto en el que se invitaba al presidente de México a unirse a Alemania y Japón en la invasión de los Estados Unidos. La recompensa para México: recuperar los territorios de Texas, Nuevo México y Arizona. El plan estratégico del mando alemán: mantener a Estados Unidos ocupados en una guerra en su propia casa, al otro lado del Atlántico, lejos del escenario europeo. Y los británicos tenían que pasar esa valiosa información a Estados Unidos, sin revelar que habían sido capaces de descifrar los códigos secretos alemanes, para lo cual debieron utilizar todas las argucias del espionaje y la diplomacia. La ganadora del Premio Pulitzer Barbara Tuchman desvela en esta apasionante historia de espías, la verdadera historia de cómo los Estados Unidos entraron en la Primera Guerra Mundial y cómo un telegrama cambió el curso de la historia.